María del Henar Montejo Velasco

«Haré que tu historia perdure»

Andrés Pérez Zarco, sobrino

1929, dictadura de Primo de Rivera; 1931, proclamación de la República; 1936, Guerra Civil; 1940, dictadura de Franco; 1978, vuelta a la democracia; 2000, cambio de milenio; 2020, coronavirus. Todas estas fechas han marcado un antes y un después en la historia, pero son los 90 años que ha recorrido la tía Henar. Ella fue la que hizo que su pasión por contar sus vivencias hiciera de mí un estudioso de las historias antiguas. Estuvo siempre guiándome en el camino de que la salud era lo primero y todo lo demás vendría después. Entre sus historias ella me contaba que cuando era pequeña tenía unos tirabuzones muy largos y que sus compañeras del colegio de la Asunción se dedicaban a estirarlos, ¡con lo trabajoso que era para ella peinárselos! 

Como buena mujer de su época tenía una educación muy rígida, pero esa misma rigidez no impidió que a todos los que quería los entendiese, los ayudase y los amase. Era una persona que se daba a los demás sin pedir nada a cambio, vive y deja vivir. Gracias a ese modo de vida, la tía se ganó siempre el cariño de todos. Una mujer de gran cultura, sus padres se esmeraron en proporcionar a todos sus hijos una excelente educación. Querían que la tía estudiase Farmacia, pero ella no quiso, porque no le gustaba nada, ¡nada de nada! Así que llegó un momento en que decidió tomar las riendas de su vida, estudió una carrera (Biblioteconomía) y se puso a trabajar. Estuvo en su universidad de San Luis como bibliotecaria la mayor parte de su carrera laboral, ampliando y mejorando la biblioteca, siempre dispuesta a echar una mano, y así la recuerdan todos los alumnos que han pasado por la universidad. 

Tuvo unos sobrinos maravillosos, los Zarco, para los que era su segunda madre. A ellos se dedicó en cuerpo y alma tras la separación de la Abu, pero su ojito derecho era mi madre, con ella tenía una complicidad enorme, siempre, hasta el final.

Fallecieron sus padres en la década de los 80 y ella se repuso dedicándose a sus sobrinos. Pronto vinieron niños nuevos y nuevas aventuras, y llegamos los Pérez Zarco a su vida. Los niños corriendo por Núñez de Balboa, esa casa grande y con muchos recuerdos acumulados en la que vivimos los mejores momentos de nuestras vidas. Ahí estábamos todas las mañanas despertando a la tía en su habitación, porque era un poco dormilona y no quería que nos tumbásemos en su cama. Esas tardes de preparación de bizcochos en la cocina, el magic english por la mañana, cuando nos llevaba al colegio Nuestra Señora del Loreto y nos parábamos a saludar al amigo frutero de la calle Hermosilla, a comprar las chuches en la calle Castelló.

Cuando nos fuimos de su casa para mudarnos a Las Rozas nos dio mucha pena, pero siempre las veíamos, tanto a la tía como a la abu, porque venían cada dos por tres a casa y nos traían sus ricas croquetas, milanesas y albóndigas. Era su trinidad gastronómica, sin olvidar sus natillas, su gazpacho, sus torrijas, la crema de calabacín, la vichyssoise. Ella me inculcó esos valores culinarios de los que ahora puedo ir orgulloso. La última vez que le pedí consejo fue en marzo de este año para hacer un potaje de Semana Santa con bacalao.

Otros momentos muy felices en mi vida fueron en Riaza. La primera vez que me eché a andar fue el día de mi cumple,  cuando me regaló ese camión de juguete con el que tanto hemos jugado. Era una persona muy, muy dulce, nunca se enfadaba, excepto cuando tenía que hacerlo y con autoridad mandaba callar a todos. Esas dotes de liderazgo hicieron de ella la matriarca de toda la familia.

La última vez que tuve ocasión de hablar con ella me dijo que cuando pasase lo del coronavirus quería hacer como aquel año e ir a la Virgen del Henar conmigo y la abuela y comer en la brasería. Yo le dije que por supuesto, y que esta vez invitaría yo. Muchas gracias, tía Henaruki, gracias por estos 24 años a tu lado. Guardaré tu historia para que perdure.