Manuel Pampín Martínez

«No pongas la llave por dentro, que voy a venir en un rato»

Ana Rodríguez

Manolo no era amigo de paracetamol. Y, aun así, Angelina le insistía en que lo tomara, primero cada siete horas y después cada cuatro, porque la doctora le había dicho que si bajaba la fiebre era buena señal. Cayeron los dos con gripe el 12 de marzo. Ella con síntomas normales, pero él se metió en cama, cansado, y solo se levantaba para comer. «Llamé varias veces al centro de salud y me insistían en que era una gripe, pero yo veía a mi marido muy colorado y pensaba en el virus», recuerda Angelina, que aclara que fue el miedo al «dichoso virus» lo que retrasó el ingreso de Manolo en el Chuac. Eso sucedió el día 18 de marzo, cuando Angelina hizo oídos sordos al «déjalo estar» que repetía él y llamó al 061. «No se movía de la cama, la fiebre era alta y bebía sin parar», cuenta ella, que después de 52 años de matrimonio más 4 de novios sabía que aquello no era normal. 

«Tardaron en atenderme, pero en cuanto hablé con el médico la ambulancia llegó enseguida», explica, y repasa cómo le ayudó a ponerse un pijama «limpio y planchadito», a darse una ducha «aunque se había duchado ya esa mañana» y a coger el móvil y su inseparable radio. 

Se despidieron en el rellano. «No pongas la llave por dentro, que voy a venir en un rato», fueron sus palabras. Y ella esperó. Y esperó. Como esos 40 años que trabajó subido a un tráiler de transportes Choucelas y ella aguardaba en casa con los dos niños. Pero esta vez Manolo no regresó. Llamó un médico a las 8 de la mañana. Su marido se quedaba ingresado, pasaba a la planta de infecciosos con neumonía. Un test confirmó más tarde que tenía coronavirus. 

Ella también. Así que se confinó en su casa de Os Mallos, en A Coruña, y se resignó a saber de su marido vía telefónica y por su hijo, que apenas pudo acudir dos veces al hospital y leía cada mañana con angustia el parte de fallecidos del hospital. «El martes lo noté cansado y lo llamé dos veces seguidas, pero él me dijo ‘‘parece que no tienes nada que hacer… ve un poco la tele, que eso te gusta’’». Y se acabó. Nunca más volvió a oír a su voz. El miércoles ingresó en la uci y todo se redujo a una llamada diaria del personal. Ella solo repetía: «Hagan lo que puedan por él; sálvenlo». Siempre la misma respuesta: «Lo hacemos. Por él y por todos». 

Pero por Manolo no pudieron hacer más. Los pulmones, los riñones… y finalmente un trombo se lo llevaron en la madrugada del 4 de abril. «Es como si me lo robaran», se lamenta Angelina. A él y a toda una vida juntos. Tantos recuerdos… Tantos planes…  Durante 50 años todo fue trabajar en el matrimonio de Manolo Pampín y Angelina Couselo. «Pero disfrutamos tanto desde que se jubiló…», cuenta ella, y habla del viaje previsto a Mazagón, en Huelva, y de las patatas tempraneras que dejó plantadas Manolo en su finca de Pravio, esa a la que se escapaba mientras ella veía «los programas de cotilleo». Piensa en alto y recuerda aquellas rutinas que ahora tanto añora: «Paseos de hora y media por las mañanas, charlas con los amigos, la partida…».

Angelina sigue con sus rutinas. Se levanta a las 6, desayuna con una vela encendida «como los ricos», pone doble calcetín para no molestar con sus paseos por la casa… y a la calle. Come a la una, merienda a las 7, y después tele y lectura. «Intento no amargarme, me entretengo con revistas… y en la cuarentena hablaba mucho con una vecina que pasó sola el encierro», relata. Se agolpan los recuerdos, se apagan los planes y se repite un lamento: «El papel que me dieron con instrucciones para que me quedara en casa era del 19 de febrero. Si el Gobierno hubiera avisado… a lo mejor Manolo y tantos otros aún estaban aquí». A Manolo pudo por fin ir a visitarlo la semana pasada: al cementerio de Ordes.