Luis Varela Sesar

Un conductor aficionado a las cartas que supo dar una buena vida a sus hijos

M.S. / La Voz

El 20 de abril era el cumpleaños de su madre. Hacía unos días que Cruz, José Luis y Jesús Ángel esperaban la llamada diaria de un médico que les informaba del estado de su padre, que peleaba contra el virus en una residencia coruñesa. Ese día el teléfono no trajo buenas noticias: su padre se había puesto muy malito y podían ir a verlo. Fueron rápidamente. Pudieron estar unos minutos con él. Luego salieron y les dijeron que podrían volver al día siguiente. Pero no hubo día siguiente. «Una hora después, aún nos estábamos despidiendo y nos llamaron que había fallecido». El 20 de abril, el día del cumpleaños de su esposa. Ahora descansan los dos en el panteón familiar de Grobas (Melide). Allí llevaron sus hijos las cenizas de su padre, Luis Varela Sesar, sin apenas despedidas. «Por lo menos nos queda el consuelo de haber podido verlo. Muchos no pudieron», dice su hijo José Luis.
Luis era de Melide, pero hacía varias décadas que se había instalado en A Coruña. Allí habían nacido sus hijos y allí montó su vida, siempre detrás de un volante. Fue taxista y conductor de camión. «Era lo que le gustaba, estar detrás de un volante», recuerda su hijo. Conducir y jugar a las cartas: «Le gustaba muchísimo jugar a las cartas, era un aficionado empedernido de las partidas con los amigos». Su imagen con la baraja es, para sus hijos, «un buen recuerdo». Porque sus últimos años no fueron buenos. El alzhéimer había comenzado a llevarse sus recuerdos. Sus hijos intentaron cuidarlo en casa mientras pudieron, pero cada vez se hacía más difícil. Hasta que hace ocho meses surgió la posibilidad de la residencia. Estaba al lado de casa y podían ir a verlo, o recogerlo y acompañarlo a jugar la partida. Así que lo ingresaron. Todavía tenía momentos de lucidez, y durante las semanas de confinamiento, antes de que el virus se lo llevase, pudieron hablar alguna vez con él.
«Un día nos llamaron de que le habían hecho la prueba y que él y su compañero de habitación habían dado positivo y que estaba asintomático. Esto fue un miércoles. Me dijo que me iba a llamar todos los días. El jueves me llamó: que no tenía síntomas. El viernes me llamó: que no tenía síntomas. En ese momento, después de la preocupación inicial, pensé que igual se libraba. Pero el domingo nos llamaron y nos dijeron que tenía síntomas». Al día siguiente, lunes, Luis falleció. A continuación «todo fue vía telefónica, no pudimos hacer nada más que llamar a la funeraria, no pudo ir nadie». Cuando recibieron las cenizas, sus tres hijos fueron a llevarlas al panteón familiar. A sus tres hijos y sus cinco nietas les queda el consuelo de que «fue un buen padre» que les dio «una buena vida».