Jaime Rodríguez Pena

El sastre de Burela que «no vistió un vaquero en su vida y hubiera sido un gran abogado»

Lucía Rey | La Voz

Cuenta su viuda, Maricarmen Rodríguez, que Jaime Rodríguez Pena era «burelense con pedigrí». La segunda persona fallecida en el Hospital Público da Mariña, de Burela, como consecuencia de la pandemia del coronavirus, fue hijo de sastre. Un oficio que él mismo desempeñó durante sesenta años en su Burela natal y que lo hizo poseedor de una elegancia prácticamente innata tanto en los modos como en las formas de vestir y de relacionarse con los demás, según destaca quien fue su compañera de vida medio siglo. «En unos días íbamos a cumplir 49 años de casados. Andaba como un pincel y no vistió un pantalón vaquero en su vida. Y tenía un don para aconsejar bien a la gente; hubiera sido un excelente abogado», revela con una sonrisa la mujer. Una hidrocefalia y diversas complicaciones médicas habían llevado a Jaime, de 87 años, a ingresar hacía tiempo en Betania, la residencia que gestiona en Viveiro la congregación de las Hermanitas de los Ancianos Desamparados, y que ya antes de la emergencia sanitaria era un búnker para proteger la salud y el bienestar de sus mayores. Allí estaba muy bien atendido y recibía puntualmente las visitas de Maricarmen ya que, pese a las dificultades de la vida, seguían siendo un matrimonio feliz. 

Ingresó en el hospital el 19 de marzo

El hombre había superado varias neumonías muy fuertes cuando tuvo que ser hospitalizado de nuevo en Burela. «Llegó el 19 de marzo a las ocho y media de la tarde. Iba muy malito, más muerto que vivo. A la hora me dijeron que tenía otra neumonía y que estaba muy grave. Era la tercera vez que en el hospital me decían que se moría…», recuerda Maricarmen. «Nos pusieron en planta y a las 24 horas revivió como una planta que está seca», continúa. Aunque el estado de alarma para prevenir contagios por covid-19 había entrado en vigor el 15 de marzo y todo el país estaba ya confinado, la mujer expone que en el centro hospitalario el covid-19 sonaba aún como un eco lejano. «Allí no había ni miedo ni protección», afirma. De hecho, ella pudo estar con su marido en la habitación e incluso compartieron cuarto con otros pacientes. 

«Jaime fue mejorando, y el 25 de marzo, cuando llevaba ingresado más de una semana en la que no se habló de ‘coronavirus’ para nada, pasó una médica internista y me dijo que si seguía así lo mandaba para Viveiro el 26», prosigue. Con ese mensaje de esperanza, pero sobre todo de tranquilidad, Maricarmen bajó a comer y a descansar un rato en su domicilio tras haberle dado la comida a Jaime y antes de regresar otra vez para darle la merienda. Aquella fue la última vez que lo vio con vida. 

«Cuando vuelvo, a medio pasillo me dicen que no está en la habitación, que dio positivo por coronavirus y que está aislado, que no puede recibir visitas», apunta. Hasta el 12 de abril en que murió, Jaime estuvo solo, con la única compañía del personal sanitario que tuvo acceso a su habitación. Fueron 18 días largos y muy duros, cargados de altibajos tanto para él como para su esposa. «Me pidieron permiso para sedarlo porque estaba muy inquieto, y les dije que sí. ‘Si se tiene que ir, que se vaya tranquilo, en paz’», explica esta mujer extremadamente educada y luchadora. Natural de Mondoñedo, fue funcionaria municipal en Burela más de 35 años. Pese a los momentos dramáticos, está agradecida porque al menos pudo ver el cadáver de su marido. «Sé que Jaime va en aquella caja porque aún es más duro que no lo puedas ver. Andar días buscando por tanatorios a un familiar, como le pasó a gente de Madrid, y que al final te den una caja o unas cenizas con una etiqueta», reflexiona.

Entierro con tres personas 

El entierro fue visto y no visto. «Mi marido murió el domingo 12, y ese día a las cinco de la tarde ya estaba de vuelta del cementerio», expone. Solo pudieron participar en el cortejo fúnebre tres personas: ella, un hermano y otro familiar. «Entre el cura, el enterrador y los de la funeraria, eran más de fuera que nosotros», dice, y remata recordando lo que le gustaban a su marido y a ella los viajes y los balnearios. «Jaime era muy fuerte, pero le llegó la hora», finaliza.