Francisco Rodríguez Pérez, Paco o Ranchín

Carta a mi guerrero de ojos azules

Esther, Belén y Bibi, hijas

Mi querido guerrero de ojos azules, aquí estoy, escribiéndote para que no nos olvides. Escribiendo para que no te olviden. ¿Sabes, papi?, no sabía si escribirte, pero me niego a que seas un número más de una cruel estadística. Me niego a despedirte en silencio, a dejar que te vayas sin el homenaje que tanto mereces.

Todos te conocen como Paco o Ranchín, el Churri, el marido de la Churri. Si preguntas en Miño por los Churris, acabarás sin duda en el Bahía. Para mí simplemente eres Papá o Papi, el que siempre estaba para lo que necesitara, el que me escuchaba sin tener que hablarle, el que me apoyaba incondicionalmente. «Está ben, o que ti decidas». Era lo que siempre me decías. Para las niñas y los niños eres el abuelo Paco, el buenazo del abuelo Paco. Lo cierto es que para todo el que te conoce eres el buenazo de Paco. No tengo ninguna duda, papi. Eres la persona más buena del universo. Un marido fiel y comprensivo, el mejor de los compañeros de viaje (¡y tremendamente guapo, no te olvides!); un padre maravilloso que nos diste alas para volar y hacer todo aquello que tú no pudiste; un abuelo sin salud que no dudaba en levantarse las veces que hiciera falta para buscarle chocolate blanco a los incansables pequeñazos. Pero es que no solo eras bueno para nosotros, papi, eras bueno para todos.

¿Sabes, papi? Tengo miedo a enumerar tus virtudes y olvidarme de alguna de ellas. Eres humilde, sencillo, siempre anteponiendo el bienestar de los demás al tuyo propio. Nos enseñaste a compartir, a ponernos siempre en el lugar del otro. Tú siempre me decías, «é igual, déixao quedar, non ten importancia». Y así fuiste por la vida, ayudando sin pedir nada a cambio, tejiendo amistades, que hoy, papi, me devuelven todo el amor que tú les diste a través de mensajes que me recuerdan lo maravilloso que eres. Yo ya lo sé. Pero me llena de orgullo que me lo digan. Me reconforta que te quieran tanto. Ver que todo lo que hiciste mereció la pena.

¿Sabes, papi? Me arrepiento enormemente de no haber escrito ese libro de recetas juntos que te había dicho que algún día haríamos. ¿Cuándo lo haremos ahora? Tú siempre decías: «Eu non son cociñeiro. Eu só cociño». No solo eres cocinero, papá. Eres un gran cocinero, el mejor de todos los que he conocido. ¿Y sabes por qué, papi? Porque tus ingredientes secretos siempre fueron la humildad, el amor por tu trabajo y la bondad. 

¿Sabes, papi? Estabas muy orgulloso de nosotras, de tus niñas. Me encantaba ver tus ojos cuando nos mirabas. Llenos de orgullo. Yo siempre lo sentí. Sé que era un orgullo para ti por la mujer en la que me convertí. Pero lo que tú no sabías es que si soy así es gracias a ti. Mirabas con igual orgullo a todos tus nietos. ¿Sabes, papi? No permitiré que te olviden. Hace no mucho me dijo un amigo tuyo de Madrid que te quería como si fueras de su familia, que al mirarme a mí a los ojos te veía a ti. ¿Sabes lo orgullosa que me hizo sentir? ¡Qué suerte que me hayas tocado como padre! Ojalá pueda parecerme un poquito a ti. El humor ranchín lo tengo. Las cejas rizadas no me hacen tanta gracia, pero supongo que irán con los ojos que heredé de ti y que me permitirán recordarte. Me siento muy perdida sin tenerte a mi lado. Pero sé que me vas a guiar. Prométeme que me vas a guiar.

¿Sabes, papi? Soñaba con verte salir entre aplausos de la uci del Chuac. De esa uci de la que ya saliste una vez convertido en milagro. Ayer me volví a sentar en el mismo sillón donde te esperé durante casi un año de mi vida. Te hubiese esperado otra vez. Otro año, el tiempo que hiciese falta. Y casi lo consigues. No nos faltó nada. El virus no pudo contigo, tuvo que pedir ayuda. Ya no te veré salir entre aplausos de héroes de bata blanca. Pero yo sí te aplaudo. Nosotras te aplaudimos, papi. Te mereces el más grande de los aplausos. A partir de ahora, cada día a las ocho, saldré a la ventana a aplaudirte. A ti y a los guerreros de camisón abierto. Eres mi guerrero de los ojos azules y, como siempre te tocó hacer en esta vida, te fuiste luchando. Yo te imaginaré saliendo entre aplausos, convertido ya en una estrella.