Elena Somoza Oubiña

La mujer luchadora de los ojos tristes y la eterna sonrisa

Marta Gómez | La Voz

Elena Somoza Oubiña tenía un corazón tan fuerte como grande. Con él se ganó el cariño de todos los que la conocían, y con él se aferró a la vida con tozudez a pesar de todo, de su edad, de los achaques, del coronavirus y del alzhéimer que comenzaba a hacer mella en su mente. Luchó con todas sus fuerzas para superar la enfermedad que tanta tristeza ha sembrado en miles de familias en las últimas semanas, peleó como lo había hecho toda su vida ante las dificultades, y aunque no lo consiguió, dejó en quienes la querían el recuerdo de una luchadora que nunca perdió la sonrisa, a pesar de que a menudo sus ojos reflejaban tristeza.

Conservaba la lucidez suficiente como para saber que algo no funcionaba bien en su cabeza y en su cuerpo y eso le afectaba, pero nunca le perdió la cara a la vida: «Ela saíu de moitas enfermidades porque era moi positiva e loitadora», cuenta su hija,  María Elena Rodríguez Somoza, que no puede evitar emocionarse hasta las lágrimas al recordarla. «Era unha persoa que sufría, víaselle nos ollos, pero sempre tiña un sorriso na cara. E era moi cariñosa, de sempre lle gustaron moito os bicos e os abrazos. Era querida por todo o mundo, todos me din que podo estar orgullosa dos pais que tiven».

Lo está, basta con oírla hablar de su madre apenas unos minutos para darse cuenta. Elena era una mujer trabajadora, muy activa, que mientras la salud se lo permitió fue independiente, cultivó la tierra y crio animales. Como muchas mujeres de su generación, dedicó su vida al cuidado de los suyos, mientras trabajaba en el marisqueo o en casas ajenas para ganarse un retiro digno y tranquilo: «Ela quería gañar para pagar a súa pensión».

Hace unos seis años, se mudó a vivir con su hija tras sufrir una neumonía. No fue el único trance por el que pasó su salud, aunque el más duro fue, sin duda, el coronavirus. «Despois de dar positivo estivo na casa uns días, pero tiña unhas bacterias no pulmón e tivo unha recaída, tivemos que ingresala. Foi moi, moi duro ter que deixala alí soa, ela púxose moi nerviosa ao verse soa, pensou que a abandonara», relata su hija, que, pese a lo difícil que fue el proceso agradece todas las atenciones del personal del hospital: «Os médicos mostraron unha humanidade incrible, todos os días me chamaban para dicirme como estaba, dicíanme que miña nai estaba sedada e non sufría, que estaba tranquila e que aguantaba porque tiña o corazón forte. Eles trataron de darlle o cariño e o calor que non tiña nese momento».

Finalmente, el corazón de Elena se rindió, pero en el recuerdo de sus seres queridos quedarán, cuando el tiempo cierre las heridas, los recuerdos de los días felices. Como la boda de uno de sus nietos, que se celebró apenas unos días antes de que la pesadilla del coronavirus irrumpiese en las vidas de todos. Ella no se la perdió y ejerció de la abuela orgullosa y cariñosa que era. Y lució la mejor de sus sonrisas.